Falleció Tomás Eloy Martínez

El pasado domingo fallecío Tomás Eloy Martínez y en EscribiendoCine hemos publicado la noticia por su relación con el Cine Argentino y su desempeño como reconocido crítico cineasta. Yo quiero citar el artículo, pero más allá del cine, principalmente por sus palabras que allí aparecen, en las que sobresale un tono positivo y alentador junto con un recuerdo alegre de las viejas épocas. Y quiero citarlo por esas dos razones, porque en primer lugar esas palabras dan cuenta rápidamente de como ha cambiado -en algunos aspectos socio-culturales- la vida; y también porque quiero conservar ese tono respetuoso, constructivo y optimista, de saber que tenemos las capacidades suficientes para desarrollarnos. Sin más, los dejo con la lectura.


Falleció Tomás Eloy Martínez

El escritor, periodista y crítico de cine argentino Tomás Eloy Martínez falleció el pasado domingo 31 de enero en Buenos Aires, a los 75 años tras padecer cáncer durante años.

Se desmpeñó como columnista de los diarios La Nación, The New York Times y El País (España). Entre sus obras figuran: Estructuras del cine argentino (1961), Sagrado (novela, 1969), La pasión según Trelew (crónica, 1974), libro que por cierto fue quemado en la plaza del III Cuerpo de Ejército (Córdoba) por la dictadura militar.

También publicó Retrato del artista enmascarado (1982). Pero sin duda será recordado por las novelas dedicadas a Perón, Evita y su entorno: La novela de Perón (1985), La mano del amo (1991) y Santa Evita (1995), el relato argentino que cuenta con más traducciones.

En el año 2008 recibió el Cóndor de Plata la trayectoria entregado por la Asociación de Cronistas Cinematográficos de Argentina por su labor como crítico de cine. A continuación reproducimos el discurso que Tomás Eloy Martínez pronunció en dicha ocasión.

"Buenas noches, muchas gracias, yo soy una especie de fantasma del pasado y por lo tanto voy a hablar del pasado. Quiero recordar los años en que empecé como crítico profesional de cine en el Diario La Nación y quiero recordar la enorme, la increíble efervescencia y pasión que poníamos todos nosotros en la búsqueda de las grandes películas, en el hallazgo de lo mejor que nos traía el cine. En unas épocas en las que, perseguir una película, requería irse hasta extramuros y buscar funciones de matiné o de la noche para reencontrarse con el último Orson Welles, con el Fellini que se nos había quedado en el camino, con el Stanley Kubrick desde The Killing o The Killer's Kiss que también se nos había quedado en el camino, con el Dreyer que habíamos olvidado, de Ordet y Vampiro y las grandes películas de aquél tiempo. Fellini, Antonioni, Bergman, eran tiempos de una efervescencia increíble y de larguísimas colas en el cine Lorraine para ver los ciclos completos. Ahora todo ese pasado puede recuperarse fácilmente en los Dvds o en los videos y podemos ver nuestras películas favoritas una, dos, tres veces, o todas las que hagan falta.

En ese mundo crecimos, sobre todo con una fervorosa defensa de algo que descubríamos y que era el nacimiento y el crecimiento de un extraordinario cine argentino, con una voz propia y un lenguaje muy personal. Con figuras jóvenes que nos daban lecciones de lo que había que hacer para crecer en todos los ámbitos de las artes, tanto en la escritura del relato, como en la escritura de la crónica, como en el documento. Recuerdo a David José Kohon, a Rodolfo Kuhn, a los grandes maestros como Fernando Ayala y Leopoldo Torre Nilsson, a los jóvenes que entonces emprendían un camino nuevo, del que todos aprendíamos. El cine argentino era para nosotros entonces una especie de voz sacramental por el que éramos capaces de jugarnos la vida y allí íbamos como predicadores de ese evangelio nuevo por Salta, Tucumán, Córdoba, por Santiago del Estero, a reuniones de debate donde se juntaban inmensas multitudes.

En verdad, lo que quiero evocar son unos pocos nombres de aquél tiempo, de los que fueron mis maestros: Raimundo Calcagño (Calki), Rolando Fustiñana (Roland), fundador de la Cinemateca Argentina y del Club Gente de Cine, quienes me encomendaron que en vez de leer cualquier tipo de críticas me dedicase a leer... yo gastaba todo mi salario en comprar Cahiers du Cinéma, Sight & Sound, Bianco e Nero la revista de Guido Aristarco, y aprendí muchísimo... pero de quien más aprendí es de aquél que me recomendaron Roland y Calki cuando me dijeron: "tenés que leer a Homero Alsina Thevenet". Y fue a Homero en quien abrevé, a quién leí cuando escribí mis primeras críticas para La Nación de Buenos Aires. Los diarios uruguayos llegaban a las tres de la tarde a un kiosco de la esquina de Corrientes y Maipú, y se agotaban a eso de las tres y media. Nunca olvidaré el estado de absoluto deslumbramiento con que me acerqué al primero de los textos que Homero firmaba invariablemente con sus iniciales, HAT, sombrero en inglés. Era una presentación breve de La signora senza camelie, la película que Michelangelo Antonioni había dirigido en 1953 y que aún no se conocía en Buenos Aires. En cada línea había un dato, una ubicación de la obra en el contexto del nuevo cine italiano y un análisis minucioso de sus aportes visuales y dramáticos. Nunca aprendí tanto, en un artículo tan breve como en ese de Homero Alsina y pocas veces en la vida se me volvió tan transparente el horizonte de lo que yo ignoraba. Desde entonces me convertí en un adicto a sus críticas. Salía a las tres menos cinco de las salas de estreno de Buenos Aires que entonces quedaban a pocos pasos en el extremo este de la calle Lavalle.

Cuando conocí por fin a Homero en el Festival de Punta del Este, a fines del verano siguiente, me sentí amedrentado por sus filosos comentarios verbales y por su erudición inagotable. En la antigua Asociación de Cronistas, en los años sesenta, en cuyo microcine veíamos las películas antes de que se estrenaran, los más eruditos de la profesión decían: "quién es el vestuarista de esta película", "quién escribió este diálogo", "quien puso este decorado", y acertaban todo con una memoria prodigiosa, envidiable, que yo era incapaz de alcanzar.

Merezco entonces la honrosa gratificación de este Cóndor que se me entrega esta noche, mucho menos que alguno de los grandes que preferiría evocar: el "Negro" Sammaritano, por ejemplo, que murió hace tres días para que con él se apagara también una época de oro. Otro grande es quien fue mi maestro en el arte de ver cine, porque ver cine es un arte, Homero Alsina. Soy sobreviviente entonces de una época en la que el espectador y el crítico de cine no eran lo que es hoy y en la que estar a solas en una sala con el talento y la imaginación de un gran maestro, de un gran realizador, de grandes actores, de grandes guionistas, era un privilegio incomparable. Ver cine era una especie de acto ritual, sacramental, que cumplíamos en silencio, en la soledad de una gran sala donde sólo estábamos rodeados por el aura de aquél magisterio que nos llegaba desde la pantalla.

Dejo entonces constancia de esa efervescencia y me sentiría incómodo con mi conciencia entonces si no dejara este premio que ustedes tienen la generosidad de entregarme, junto con una foto de Homero Alsina que hay en mi escritorio, a la que voy a agregar una del "Negro" Sammaritano. Ellos lo merecen más que yo, así como el cine argentino debe al rigor de ambos, a la tenacidad de ambos, a la inteligencia libre de los dos, mucha de la fuerza que ahora tiene en el mundo. Y que va a perdurar porque, tengamos confianza como teníamos en los sesenta, de que tenemos un gran cine por delante. Tenemos una inmensa inteligencia, un inmenso talento creador, y es eso lo que debemos alimentar a partir de la reflexión, del rigor, del apoyo que desde el periodismo y la creación podemos darle. Gracias una vez más."

Buenos Aires, 15 de Septiembre de 2008 (Cedido por ACCA)

[EscribiendoCine]

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